Por el carisma propio del Instituto, todos sus miembros deben trabajar, en suma docilidad al Espíritu Santo y dentro de la impronta de María, a fin de enseñorear para Jesucristo todo lo auténticamente humano, en las situaciones más difíciles y en las condiciones más adversas.

Es decir, es la gracia de saber cómo obrar, en concreto, para prolongar a Cristo en las familias, en la educación, en los medios de comunicación, en los hombres de pensamiento y en toda legítima manifestación de la vida del hombre.

Es el don de hacer que cada hombre sea, ‘como una nueva Encarnación del Verbo’, siendo esencialmente misioneras y marianas.

Por eso, la misión, recibida del fundador y sancionada por la Iglesia, es llevar a plenitud las consecuencias de la Encarnación del Verbo, que es el ‘compendio y raíz de todos los bienes’, en especial al amplio mundo de la cultura, o sea a la ‘manifestación del hombre como persona, comunidad, pueblo y nación.

Fin del Instituto

Como todo Instituto de vida consagrada, tenemos un fin universal y común -que suele denominarse vocación- por el que queremos seguir más de cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, para que entregados por un nuevo título a su gloria, a la edificación de su Iglesia y a la Salvación del mundo, consigamos la perfección de la Caridad por medio de la profesión de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. De este modo deseamos unirnos de modo especial a la Iglesia y a su misterio.
Queremos, como fin específico y singular, dedicarnos a la evangelización de la cultura, es decir, trabajar para transformar con la fuerza del Evangelio:
philipines

-los criterios de juicio,
-los valores determinantes,
-los puntos de interés,
-las líneas de pensamiento,
-las fuentes inspiradoras,
-los modelos de vida de la humanidad;
para que estén imbuidos de la fuerza del Evangelio:
-los modos de pensar
-los criterios de juicio
-las normas de acción,

pues no podemos olvidar que el Concilio Vaticano II ha señalado que: ‘El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época’ (Gaudium et Spes, 43) y ello se debe en gran medida a que el mundo ‘se ha ido separando y distinguiendo, en estos últimos siglos, del tronco cristiano de su civilización’, lo cual ha conducido a la descristianización de la cultura.